No es negociable

Este texto inicia evocando la imagen de dos hombres con los rostros cubiertos de sangre. El primero es un hombre alto, como de 1.90 metros de altura, que está parado en el esquinero intermedio de un cuadrilátero de Lucha Libre. Para ser más específicos, en el esquinero intermedio del cuadrilátero de la Arena Naucalpan, una de las más tradicionales e históricas de México. Este hombre está vestido con una playera negra, pantalones militares y botas. El segundo hombre, con una estatura similar a la del primero, está de pie sobre el centro del mismo cuadrilátero. A diferencia del primero, este segundo sujeto tiene el torso descubierto y presume una barba larga y una cabellera larga también.

El primero, el de la esquina, reza. Se persigna y voltea al techo. Si la Arena Naucalpan no tuviera techo, estoy seguro que estaría volteado al cielo. El otro, el de la barba larga, abre los brazos y escucha los gritos de los aficionados que acudieron a ese lugar para ser testigos de la tremenda golpiza que acaba de suceder en ese cuadrado y a sus alrededores.

Los hombres con las caras ensangrentadas son compañeros de trabajo. Son socios. No. Mucho mejor dicho, son amigos. Amigos que acaban de tener una guerra contra otra pareja de luchadores. Golpes al pecho, mordidas, azotones, sillazos, caídas de cabeza, lances espectaculares. Una guerra. ¿Por qué? Porque así son los luchadores. Esa es su naturaleza. Disfrutan “darse en la madre”.

La pregunta, más bien, es: ¿para qué? ¿Para qué estos dos hombres se enfrascaron en una lucha tan violenta (que además perdieron) y que los dejó en esas condiciones físicas tan deplorables? La respuesta, diría yo, es: “para sentirse vivos”.

Pongamos que el primero de los dos hombres lleva diez años buscando ser una figura reconocida en este deporte tan cruel. Pongamos que muchas veces fracasó en el intento, que le cerraron más de una puerta, que le dijeron que no servía para esto. Pongamos que no dejó de luchar, que se aferró a una idea y que parece que el panorama cambia.

¿El final feliz va para esta historia va a llegar tan fácil? Por supuesto que no.

Pongamos entonces que el planeta se puso en pausa por una pandemia que ha dejado más de un millón de fallecidos alrededor del mundo y que las funciones de Lucha Libre se dejaron de hacer por un tiempo. Pongamos que éste, el primero de nuestros dos hombres, se vio en la necesidad de buscar otros medios para generar ingresos económicos mientras la lucha regresó.

Pongamos también que el segundo hombre perdió todo lo que un luchador puede perder arriba del cuadrilátero. Pongamos que su carrera parecía que estaba destinada al fracaso y que él estaba destinado al olvido. Pongamos que este deporte despiadado le dio una segunda oportunidad. Que de repente se le ocurrió maquillarse y dejarse la barba larga y pongamos que a la gente le gustó su nueva apariencia. Pongamos que se puso a entrenar aún más duro y que su calidad aumentó. Pongamos que lo empezaron a considerar como la revelación del 2019, pero pongamos también que la pandemia incidió de manera negativa en esta historia y en todas las historias y que puso el mundo al revés.

Pongamos que después de casi doscientos días todo regresó, a medias, pero regresó. Los luchadores volvieron a luchar. Los aficionados volvieron a gritar, volvieron a emocionarse. Los vendedores de cerveza volvieron a ponerse su uniforme. El anunciador volvió a tomar el micrófono. Los periodistas volvieron a escribir. Las edecanes volvieron a bailar. Los vivos volvieron a vivir.

Pongamos que el primer hombre se llama “Fresero Jr” y que el segundo se llama “Demonio Infernal”. Pongamos que se partieron la madre para volver a sentir, para volver a vivir. Y eso hacen mientras están arriba de ese ring. Esa es su acción en esta historia. Sienten y viven. Y de paso, nosotros, ahí con ellos, nos sentimos vivos también.

Esta historia termina con una lluvia de monedas que vuelan con dirección al cuadrilátero, la máxima señal de respeto de un aficionado para un luchador. “Esto es Lucha”, se escucha en las gradas de la arena. Para mí, la escena, más que lucha, es vida. Y esa escena, y esa vida, no es negociable.

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