México vs Francia, la lucha que aún persiste

Evangelio según Miguel Reducindo

La lucha libre es un reflejo de la sociedad, aseguran muchos. La creación y representación de personajes en un cuadrilátero son el alter ego de fanáticos que ven en ellos un sueño anhelado, una quimera perseguida que cobra vida entre gritos de apoyo y abucheos, así como la encarnación de villanos sociales y políticos que siempre han acompañado el pancracio no solo nacional, sino internacional.

El martes pasado se cumplió un año más de la histórica batalla de Puebla, donde el Ejército de Oriente, dirigido por el General Ignacio Zaragoza, venció al ejército del Imperio francés en una de las más recordadas victorias de los mexicanos y que, de una manera singular, celebran en los Estados Unidos como si se tratara de la Independencia de México, cuando no es así. Por eso resulta curioso ver a gladiadores como Andrade, Gran Metalik o en su momento Sin Cara siendo felicitados por sus compañeros y felicitando a los mexicanos por esa gran proeza en un acto que, seguramente, ni ellos se explican el por qué.

Pero el triángulo de México, Francia y la lucha libre hasta parece amoroso pues, aunque la escritora Yolanda Argudin asegura en su libro Historia del Teatro en México, que en 1843 se presentó en el Teatro Principal de la capital mexicana “un espectáculo que se practicaba en jacalones humildes y ante público popular: la lucha libre”, se sigue teniendo como primer referente de este deporte en nuestro país al segundo Imperio Mexicano comprendido entre 1863 y 1867 encabezado por el popular Archiduque Maximiliano de Habsburgo.

La batalla del 5 de mayo de 1862 fue ganada por lo mexicanos, aunque eso no impidió un año más tarde la llegada de las tropas francesas a la Ciudad de México, pero no fue una situación sencilla. Napoleón III no estaba muy de acuerdo en la manera en que se dirigía Maximiliano, por lo que de manera constante mandó tropas francesas a tierras aztecas, en uno de esos viajes llegó el mariscal Francois Achille, un alto mando militar de más de 50 años que pronto encontró el amor en una jovencita de apenas 17 años llamada Josefa Peña, Pepita para los cuates.

Los enamorados se casaron en 1865 y Maximiliano, como regalo de bodas, les otorgó el Palacio Buenavista y una exhibición de lucha grecorromana impartida por zuavos franceses ágiles en la “lutte”, antecedente de la lucha libre en Francia.

Finalmente el Segundo Imperio Mexicano cayó en 1867 y Maximiliano fue asesinado; el palacio que fue regalo de bodas aquella ocasión se mantiene en pie como el Museo Nacional de San Carlos en la calle de Puente de Alvarado y las tropas francesas se retiraron, pero dejaron esa semilla que tardaría muchísimos años en germinar después de varios intentos y de diferentes personas, hasta que se encontró un modelo de negocio que la hizo redituable en 1933, y que hoy podremos disfrutar como lucha libre profesional.

De los soldados que participaron en la Segunda Intervención Francesa muchos se quedaron en México y practicaron lucha hasta los primeros años del siglo XX transmitiendo sus conocimientos sobre todo a gente que de alta sociedad que gustaba de ejercitar el cuerpo y que hicieron intentos fallidos por hacer este deporte popular, para después llegar, ya con el nacimiento de la Empresa Mexicana de Lucha Libre, otros representantes que aquellas tierras que ya conocían el negocio de manera profesional. De tal forma que las primeras funciones formales presentadas en México fueron protagonizadas por franceses, turcos, irlandeses y de muy diversas partes del mundo, en su mayoría inmigrantes llegados vía Estados Unidos.

Desde entonces los extranjeros no han parado de presentarse en nuestro país, y de Francia, indudablemente, el más popular es André el Gigante, un impresionante gladiador que dio la vuelta al mundo con su imponente corpulencia y que podía pasar un huevo cocido en medio de su anillo. Pudo ser la octava maravilla, pero si hay un duelo entre México y Francia que es recordado por la afición de la lucha libre es el que se dio en el Toreo de Cuatro Caminos entre André y el tabasqueño Canek, ahí el francés se topó con pared. Emulando la proeza del Ejército de Oriente de Ignacio Zaragoza que era superado en número y armamento por los franceses, Canek salió adelante venciendo al mastodonte que lo superaba, y por mucho, en tonelaje y estatura, en una velada histórica donde el enmascarado levantó a su rival por los aires.

Y los franceses no paran de llegar, hoy se cuenta en el sector independiente con Karawi, de gran fortaleza e impresionantes recursos técnicos que ha enfrentado a lo mejor de lo mejor; y las mujeres no se quedan atrás, pues Mariann, nacida en Roune, norte de Francia, se abre camino preparándose día a día en el gimnasio de la Arena México de la mano de Arturo Beristáin, además de estudiar una licenciatura en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Francia y México siempre estarán unidos por un pasado tormentoso, aunque en aquel país se han encargado de olvidar la bochornosa derrota de la Batalla de Puebla; pero los mexicanos, los que gustamos del deporte espectáculo, siempre tendremos en cuenta que de esos conflictos resultó algo bueno y que nos apasiona.

Y ¿por qué festejan en Estados Unidos la derrota de Francia como si fuera la Independencia de México?, pues solo ellos lo saben, tal vez porque Ignacio Zaragoza nació en Texas 16 años antes que dicho estado fuera anexado a la Unión Americana, o porque los franceses también los hicieron ver su suerte, o porque la misma razón que los gringos piensan que un sombrero negro con bolitas rojas colgando es más mexicano que el nopal.

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