La lucha libre de carcajada

Evangelio según Miguel Reducindo

A lo largo del tiempo he conocido a una gran cantidad de “aficionados” eventuales a la lucha libre, de esas personas que son invitadas a alguna arena por un amigo o que en grupo buscan una forma diferente a la acostumbrada para divertirse un fin de semana por la noche, quedando como una curiosa experiencia a la que, cuando hacen referencia a ella, la recuerdan como “una noche divertidísima”, “me reí como nunca”.

¿Cuál es el objetivo del trabajo de un luchador frente al público? Es algo complicado responderlo, pero una de las cosas que me parecen lamentables es que el aficionado eventual no se identifica con la lucha libre para regresar a una arena sino solo cuando quiere reír a carcajadas, una cosa inquietante cuya responsabilidad es compartida y evita una creciente afición como en antaño.

Hace algunos días en redes sociales se popularizó un viejo video donde el querido Brazo de Plata, durante su etapa por Triple A, se esconde tras uno de los postes del hexadrilátero mientras sus rivales y compañeros le preguntaban a la gente dónde estaba Porky. Claro, la acción causó el alarido de los presentes y sí, carcajadas de chicos y grandes. Conozco la naturaleza de este deporte pero hay ciertos “recursos” que caen en lo ridículo y que con el paso del tiempo se han vuelto mucho más burdos y cotidianos.

Muchos comentarios generó en redes sociales esta escena de Porky, desde los que iban festejando la gracia del Brazo de Plata, hasta los que se burlan de la seriedad del deporte espectáculo.
¿Con cuánta picardía puede aderezarse la lucha libre, que por años ha reprochado ser el patito feo de los deportes? ¿Cómo rebatir los comentarios de los detractores a la lucha libre que señalan éste tipo de acciones? ¿Es relevante éste tópico para darnos cuenta del estado que vive hoy el deporte espectáculo? Definitivamente, la mejor respuesta la tienen ustedes, los aficionados.

En la lucha libre hay todo tipo de personajes, como dicen, debe haber de todo, como en botica, pues mucha de la popularidad de los luchadores se da gracias a la identificación personal con cada uno de los elementos que luchan sobre un cuadrilátero, sin embargo por qué miles de personas, aficionados potenciales que en un momento dado podrían abarrotar cualquier arena no se enganchan para ser un aficionado habitual, por qué muchos de los que acudían semana a semana a un recinto ya sea en la Ciudad de México, Acapulco, Tijuana o cualquier parte del país, se alejaron de las funciones y hoy los recintos se nutren de aficionados eventuales.

Muchas veces el mismo luchador no valora el impacto que una acción puede tener sobre la gente que lo está viendo y cae en el recurso barato que sí, puede dar un aparente buen resultado de forma inmediata pero que, a la larga, termina por alejar a la gente de las arenas.

Pasan muchas cosas de éste tipo en México, pero ni hablar lo que curren en otras partes del mundo con luchadores invisibles, gladiadores que son rendidos a besos, calcetines con poderes sobre humanos y cualquier cosa que se pueda uno imaginar.

La lucha libre es extraordinaria cuando se conjugan a la perfección la realidad y la fantasía, el espectáculo y el deporte, pero cuando el equilibrio se pierde el resultado es un daño irreversible a una actividad que es la forma que muchos hombres y mujeres han elegido para vivir.

Como dicen por ahí, la lucha libre es el más deportivo de los espectáculos y el más espectacular de los deportes, por eso hay que cuidarlo.

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