Arena Coliseo, el gigante que se aferra a la vida

Evangelio según Miguel Reducindo

Tratando de emular con esta entrada el estilo de la prensa de aquellos años, querido lector, hoy me permito compartir con ustedes un texto que redactó su servidor con motivo del 70 Aniversario de la Arena Coliseo de la cosmopolita Ciudad de México.

La semana anterior recordamos en esta misma vitrina, a la que usted tiene a bien prestar su atención, la lucha de máscaras entre Blue Panther y Love Machine, pero considero imprescindible dar espacio a un hecho que cambió la imagen de la calle de Perú del Centro Histórico de la capital mexicana, esa calle por donde corrió el agua en tiempos prehispánicos y que resultó en una acequia con la urbanización, esa que representó el límite de los huertos del convento de Santo Domingo y que estuvo a punto de convertirse en la vialidad conocida como el Eje Uno.

Este texto, pues, tiene siete años y hoy lo revivo para ustedes, amantes de la lucha libre, de la historia de nuestra antigua Tenochtitlan y del México que nunca volverá… y también para los jovencitos que, aseguran, no encontrar naaaada de información sobre este suceso.

 

En cada rincón se respira historia… desde sus butacas aun parece escucharse el grito de “Picoro” anunciando la llegada de aquellos monstruos que edificaron la época de oro de la lucha libre mexicana en un lugar que, hoy más que nunca, vale su peso en oro. El Coliseo de México está de pie, alistando sus mejores galas para festejar 70 años de vida, siete décadas de dar sentido a la calle de Perú 77.
“Cuando se incendió la Arena Nacional, que estaba situada en la calle de Iturbide, la Arena México se convirtió en la catedral del Box y la Lucha, en el mejor local de su índole en la República… Pero ahora cuando los aficionados conozcan el `Coliseo´ se van a llevar una gran sorpresa, una sorpresa agradable y verán cuanto ha hecho Lutteroth en bien del deporte mexicano”. Así escribía Antonio Andere el 24 de marzo de 1943 en el periódico La Afición apenas unos días antes del la inauguración de la Arena Coliseo. Fue todo un suceso.

Habían pasado diez años del nacimiento de la Empresa Mexicana de Lucha Libre y este deporte lucia sano, en pleno desarrollo, sus aficionados crecían aceleradamente y la edificación de un escenario digno del México moderno era impostergable, por lo que Salvador Lutteroth decidió emprender la aventura de construir la Arena Coliseo en lo que fue un corralón. Los trabajos iniciaron y poco a poco la idea tomó forma. Utilizando lo más avanzado de la época, el gigante de acero y concreto abrió sus puertas el 02 de abril de 1943.

“Lutteroth verá realizado el sueño dorado de su vida de promotor. El local que ha construido es un verdadero orgullo para el México deportivo y con justa razón podremos pregonar que el `Coliseo´ es la mejor arena bajo techado que existe en América Latina”, se leía la fecha de la inauguración en los periódicos matutinos.

Y así fue, en punto de las 6:30 de la tarde se presentaron todos, el Arzobispo de México Luis M. Martínez dio la bendición; el Regente de la Ciudad, Javier Rojo Gómez, atestiguó el acto junto al presidente de la Asociación de Nacional de Lucha de Estados Unidos, Harry Landry, Salvador Lutteroth y miles de personas que ocuparon por primera vez las butacas del futurista escenario en forma de embudo.

Originalmente se ofrecería una lucha de Campeonato Mundial de Peso Completo entre el monarca Bill Longsan y el mexicano Juan Humberto, pero éste último no pudo salir de Estado Unidos, donde radicaba. Entonces la historia se escribió, pues dos de las máximas figuras de todos los tiempos se enfrentarían en una lucha titular, Santo vs Tarzán López.

“Si perdiera el cetro ahora me retiraría de la lucha libre”, escribió en un diario de circulación nacional Tarzán López, mientras que el Santo expresaba: “A pesar del público y de Tarzán voy a ser Campeón del mundo”. Pero el “Enmascarado de Plata” se tragó sus palabras, fue la noche más negra de su vida, pues en dos caídas al hilo perdería la lucha y su estatus de leyenda siempre lucirá esa abolladura al ego.
Aquella fue una función memorable, con localidades de 3.00 y 2.00 pesos, el Coliseo de México lució hasta las lámparas. El primero en ser ovacionado por la multitud fue el profesor Raúl Romero, quien derrotó al canadiense Sam Carbin. A ellos les siguieron monstruos como Dientes Hernández, Chamaco Castro, Bobby Bonales, Lobo Negro, Firpo Segura, Gorila Macías, Jesús Anaya, Joe Grant, Cowboy Murphy, Jack O´Brien, Bobby Arreola y Black Guzmán, protagonistas de las ocho luchas que se presentaron.

Aquel 1943 fue el año en que se publicó por primera vez El Principito, la Segunda Guerra Mundial estaba en su apogeo, nacieron los cantantes Joan Manuel Serrat y Luis Eduardo Aute en España, en Venezuela Enrique Guzmán y en México el destacado químico y Premio Nobel Mario Molina; se fundó el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), fue inaugurado el Hipódromo de las Américas, el volcán Paricutin estremecía a todo el país con su nacimiento y Pedro Infante estrenaba las películas “Viva mi Desgracia”, “Cuando Habla el Corazón”, “El Ametralladora”, “Mexicanos al Grito de Guerra” y “Vivan las Mujeres”… pero nada de eso parecía existir el 02 de abril, lo único que importaba era que “El Coliseo” estaba de pie… y lo sigue estando.

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