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La Lucha al Millón

Steel Dragon tomó protagonismo en el mundo de la Lucha Libre la semana pasada. A través de Facebook, el joven luchador informó que estará ofreciendo, con la colaboración de Diosa Quetzal, un taller que originalmente estaba nombrado Herramientas de expresión corporal y teatro para la Lucha Libre. La iniciativa le valió para ser blanco de críticas desmedidas provenientes de otros integrantes de la industria.

Algunas personas confundieron la naturaleza del taller y su conclusión fue simple e irresponsable: Están diciendo que la Lucha Libre es un teatro. Por eso estamos como estamos. Nos ha costado mucho esfuerzo llegar a donde hemos llegado para que vengan a decir este tipo de cosas. Por eso nunca nos toman en serio.

En primer lugar, Steel Dragon jamás dijo que iba a enseñar a luchar a los participantes del taller. Tampoco dijo que acreditar su taller implica obtener una licencia de la Comisión. No dijo que la Lucha Libre es un teatro. El taller es para fomentar que los luchadores profesionales se interesen por una formación integral y adquieran habilidades necesarias en la industria actual.

La profesión de luchador es admirable. Cualquiera que llega a los grandes escenarios ha vivido una intensa batalla llena de obstáculos. El estrellato se alcanza con mucho sacrificio y a veces pagando un precio muy alto. Hay que luchar contra la falta de oportunidades, sacrificar remuneración económica con tal de ganar experiencia, enfrentar el rigor de los de arriba que están poco dispuestos a dejar subir a alguien más, aguantar con el ego. El luchador se acostumbra a vivir con dolor, a ver poco a sus familiares, a pasar horas y horas en camiones o aviones. Esa vida no es para todos. En pocas palabras, se deja sangre, sudor y lágrimas arriba y abajo del ring. Sin embargo, en pleno 2020, saber luchar y hacerlo bien no es suficiente.

No es suficiente porque la industria está cambiando. Nos guste o no, la Lucha Libre es tanto deporte como entretenimiento. Un aficionado que paga un boleto está renunciando a una tarde de cine o una tarde en un parque de diversiones o a una noche en un bar con los amigos. Un aficionado que ve Canal Más Lucha, WWE Network o New Japan World renuncia a ver Netflix, Blim o Amazon Prime. La Lucha Libre alcanzó a otros deportes en temas de derechos de transmisión, alianzas estratégicas y marketing.

“Partirse la madre con cualquier cabrón” es lo primero que el luchador profesional debe estar dispuesto a hacer para colocarse en el gusto de la afición. Tomar el taller de Steel Dragon o cualquier otro taller, por así decirlo, sería un segundo paso necesario. Estas herramientas dotan al luchador de otras maneras de expresar y de expresar mejor. El aficionado tiene que sentir su dolor, tiene que festejar su triunfo, tiene que sentir empatía con el héroe representando en el breve espacio que supone un cuadrilátero de 6×6 m.

Dos años después del fallecimiento de Carlos Monsiváis, Ernesto Ocampo escribió Carlos Monsiváis y la Lucha Libre, a dos años de su partida, un texto que se publicó en Superluchas. En él, Erenesto Ocampo retoma las palabras de Monsiváis en el documental español Gladiadores en la arena mexicana: “Ya es un lugar común decir que gran parte del sentido de la lucha libre es el teatro, pero siempre hace falta afirmar que los actores más entusiastas no son los luchadores, sino los espectadores. Creo que al entrar a la arena no sólo suspenden su incredulidad, sino también dejan afuera las inhibiciones y son violentos, arrojados, decididos, malhablados”.

Monsiváis lo entendía. Diez años después, el Performance Center de WWE enseña desarrollo de personaje, la posibilidad de continuar con estudios universitarios, aprender nuevos idiomas, y ofrece habilidades para la vida, desarrollo profesional y oratoria.

El luchador mexicano, no tengo duda, ama la Lucha Libre. La entiende como algo cultural e incluso sagrado, pero tiene que entender también que el mundo globalizado requiere una formación integral. El taller de Steel Dragon no es algo risible, no es un engaño, no es algo descabellado. Es triste ver cómo los mismos atletas rechazan de manera categórica la posibilidad de volverse mejores. Amigo, date cuenta…

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